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JAPÓN SE MODERNIZÓ AL MISMO TIEMPO QUE OCCIDENTE

Desde el siglo XVII hasta mediados del XIX, el archipiélago del sol naciente estuvo sumido en el régimen feudal de los shogunes y los samuráis, encabezado por el clan Tokugawa. Durante este periodo, Japón vivió un aislamiento internacional, en particular porque no deseaba ser objeto de las colonizaciones llevadas a cabo por potencias comerciales como los Países Bajos o el Reino Unido. Por su parte, Estados Unidos demandó la apertura de algunos puertos japoneses para establecer relaciones comerciales, algo que acabó consiguiendo en 1854.

Los nuevos contactos comerciales acabaron representando una humillación para Japón, dado que las potencias occidentales, especialmente Reino Unido y Estados Unidos, se aseguraban la autoridad comercial y la supremacía internacional. La modernización japonesa empezó en 1868, cuando fue restaurado el poder de los emperadores, siendo Tenno Meiji el primero en reinar de forma absoluta desde la renombrada capital, Tokio, antigua Edo.

El gobierno Meiji se caracterizó especialmente por sus reformas a gran escala. Las principales de ellas fueron la transformación de feudos en departamentos representantes del poder imperial centralizado, la férrea organización militar, las nuevas medidas agrarias y fiscales y la Constitución de 1889. De esta forma, Japón se convertía en un país totalmente nuevo, llegando a adoptar modelos y costumbres de origen europeo que combinaba con tradiciones propias.

Fueron sobre todo la industrialización y el imperialismo los que hicieron a Japón situarse al final del siglo XIX como una de las grandes potencias del mundo, la única ubicada en Asia en aquel momento. El imperialismo nipón alcanzó un gran éxito aunque también fue cada vez más conflictivo; ganó importantes dominios isleños (Taiwán, Palaos, Marianas…) y continentales (Corea y partes de China como Manchuria) a costa de enemistarse con casi todas las grandes potencias hasta su derrota en la Segunda Guerra Mundial.

En sus inicios, el Imperio del Japón destacó por sus victorias militares frente a China, el Imperio ruso y, en apoyo de los Aliados en la Primera Guerra Mundial, el Imperio alemán. Acabada la Gran Guerra, Japón pasó a ser la tercera potencia naval del mundo. Aun así, quedó muy resentido porque percibía que los principales vencedores no le permitían situarse en el mismo plano. Con Hirohito como nuevo emperador, los militares se impusieron en el gobierno de Japón y se dispusieron a reclamar la esfera de poder que estimaban que les correspondía en el océano Pacífico, pretendiendo eliminar cualquier influencia occidental en ella.

Aunque Japón continuó exitosamente con sus campañas de conquista, orientadas a China y al al sureste asiático, el ataque no provocado a Pearl Harbor le supuso el principio del fin de su expansionismo. A partir de ahí, Estados Unidos le asestó constantes ofensivas que sucumbieron con los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki. Definitivamente vencido, Japón adoptó una nueva Constitución en 1947, en la que el poder del emperador dejaba de considerarse una divinidad. Desde entonces, Japón experimentó una recuperación económica muy rápida y se sitúa hasta hoy como una de las primeras economías del mundo.

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