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ALBERT SPEER, UN DEMONIO REDIMIDO

Albert Speer dirigió su carrera a favor de la guerra y luego alegó y afirmó hasta sobrevivir; ¿fue sincero o solo se escondió?

Albert Speer era un arquitecto alemán con una prometedora carrera que se volvió diabólica cuando, tras afiliarse al Partido Nazi y ganarse el favoritismo de Adolf Hitler, puso sus dotes al servicio de la guerra y contribuyó significativamente a los horrores del Tercer Reich. Su estrecha relación con Hitler, llegando a tener un papel importante en el círculo íntimo de éste, ha sido cualificada como una proximidad a la amistad, si bien sería erróneo afirmar que entre Hitler y cualquiera cercano o cercana a él llegó a haber pura amistad y mucho menos pura confianza.

Speer progresó enormemente como primer arquitecto del Führer hasta que alcanzó su rol más alto en la cúpula nazi cuando en febrero de 1942 se convirtió en Ministro de Armamento, dada su experiencia en la construcción de estructuras militares y campos de concentración. Como ministro, Speer era el principal responsable de la producción de armas con las que abastecer a los ejércitos alemanes. El peor de sus crímenes fue recurrir a la mano de obra esclavizada, que incluía prisioneros de guerra, trabajadores extranjeros y condiciones de trabajo infrahumanas.

A partir de 1945, Speer fue poco a poco volviéndose en contra de los intereses de Hitler. Fue de los primeros en reconocer que la guerra estaba perdida, pero los nazis más fanáticos desoyeron sus consejos y propuestas. En marzo, Hitler le ordenó destruir las infraestructuras de Alemania hasta el punto de acabar con todos los medios de vida de la población, con el fin de asestar una inflexión a los Aliados que estaban invadiendo el país. Speer no obedeció y gracias a su influencia pudo detener algunas destrucciones llevadas a cabo por el ejército que huía.

Acabada la Segunda Guerra Mundial, fue arrestado por los británicos y finalmente llevado a Núremberg para los juicios por crímenes de guerra de los jerarcas nazis supervivientes. Durante el proceso, Speer afirmó sus crímenes para con su función de ministro, dado que bajo su supervisión se había multiplicado enormemente la producción armamentística alemana, aunque negó conocer los planes del exterminio. Llegó a expresar arrepentimiento por lo que hizo, por lo que se le ha conocido como “el nazi que pidió perdón”.

Era uno de los acusados que estaban más en nómina y muchos esperaban que su destino fuese la horca por su alto papel en el gobierno de Hitler. Al final fue declarado culpable de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad y sentenciado a veinte años de prisión. Es muy posible que la imagen apolítica de Speer que tanto él como su abogado hicieron ver resultase convincente, así como su supuesto desconocimiento del Holocausto. Una vez puesto en libertad, Speer se dedicó a limpiar su reputación, entre otras cosas escribiendo sus memorias y siendo entrevistado.

La cuestión de hasta qué punto pudo existir bondad en este personaje ha sido una gran controversia disputada entre historiadores. Años más tarde de su liberación y muerte, se demostró que tuvo conocimiento de la empresa del exterminio y cierta implicación en ella. Igualmente se supo que sus afirmaciones no eran del todo ciertas, dado que al final había procurado una dañina resistencia bélica en Alemania y deseaba mantener su influencia. Desde luego, participó en graves maldades y gracias a su arrepentimiento y válidas alegaciones tuvo mucha suerte de salvarse de la ejecución en octubre de 1946, una muerte que los altos mandos pensaban que realmente merecía.

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